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14 abril 2009




LOS ENEMIGOS DE DIOS

RonyFer

¡Ay, ay, cómo culpan los mortales a los dioses! Pues de nosotros dicen, proceden los males.

Pero también ellos por su estupidez soportan dolores más allá de lo que les corresponde.

-Homero, La Odisea-



Los efectos de una ocupación.

Sólo hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana”

-Albert Einstein-




Cuando yo sea grande; seré una “Moujahida”

Los preparativos de la boda se organizaban cual era la costumbre habitual donde parientes y amigos se reunían en la aldea, eran invitados todos sus habitantes, además de los parientes y amigos de afuera. Se servían dulces y jugos, todos convidados a la gran cena.

Era la boda de Farez, el mayor de siete hermanos y la algarabía que predecía a su boda con Hanane, de una tribu cercana colmada de felicidad a aquel viejo padre que, al fin vería nietos juguetear y la familia crecer, ahora sí, podía morir en paz, su generación estaba asegurada.

Y aquellos dos hermanitos intrépidos, cansados de tanto jugar, escapados del grupo, escondidos entre las rocas, observaban hacia abajo, en aquella hondonada donde se asentaba su aldea, el desplazamiento por doquier de aquella gente suya ocupada en los preparativos de tan magno acontecimiento para toda la comunidad.

Y entre escondrijos de piedras y de aquel enorme oleoducto que atravesaba la región, por la provincia de Al Anbar, muy cerca de la frontera con Siria, haciendo caso omiso a los múltiples llamados de sus parientes, con la pillería de lo cual, eran capaces, contemplaban desde su escondite desde lo alto, toda la planicie de la aldea.

Hamza, ferviente admirador de aquella lejana sociedad tan moderna, tan sofisticada, tan única, luciendo orgulloso su gorra de los “Yanqui’s” de Nueva York, obsequio de un tío suyo que años atrás les visitara.

Karima hacía honor a su nombre, ya que en árabe significa, “magnánima, solidaria, generosa”, todos la amaban por ser así. Desde muy niña compartió juegos y juguetes, golosinas y todo lo que pudiera dar, un ser tan noble que era el orgullo de toda la comunidad por ese espíritu suyo de entrega.

Hamza, mientras tanto, con la vista hacia la hondonada desde donde se vislumbraba la aldea, sentado en un peñón en sus reflexiones más profundas recordaba cuando semanas antes acompañara a los varones a visitar y pedir en matrimonio a la novia con los varones miembros de su familia y de su clan, se acordó de aquella ceremonia cuando al entrar el grupo de visitantes se les ofreció té y que, según la tradición tribal, no lo aceptarían antes de tener una respuesta afirmativa a la razón de su visita.

Algunos días antes había sido el turno de las mujeres, familia y amigas de la comunidad del novio rendir la visita, esta vez a las mujeres del clan de la novia.

Y se recordó cuando, luego de hacer las pesquisas correspondientes sobre la honorabilidad de la candidata a esposa, luego que entre los parientes de ambos lados se había convenido la dádiva a dar que consistía en alhajas adornadas en oro para los padres de la prometida, luego en aquella armoniosa reunión, donde reinaba la felicidad. Esta unión vendría a fortalecer aún más las relaciones entre éstas dos comunidades de mercaderes.

Aquella tranquilidad se vio de pronto interrumpida por un estrepitoso ruido venido del cielo, por el espacio surcaba aquel F-18 Hornet volando a poca altura, circunvalando la comunidad, el asombro, luego la consternación cuando descendió y picó hacia la aldea, entonces, todos empezaron a huir, despavoridos ante la incertidumbre, de pronto se elevó, y ya a cierta altura, a su regreso, arrojó repetitivamente y sin tregua sus bombas sobre la comunidad, las madres con su cuerpo trataban de cubrir a sus retoños de aquel ataque venido quien sabe de dónde y porqué, los gritos desesperados y las plegarias suplicando la protección de Alá se mezclaban con el retumbar de las explosiones de las bombas al caer.

Se empezaron a ver cuerpos o restos de lo que quedaba volar por los aires, la consternación y el pánico se mezclaban ahora con las lágrimas y los desgarrados gritos de aquellos infortunados.

Algunos minutos después que duraron toda una eternidad, el silencio profundo, aún bajo las fumarolas de la aldea en llamas, los cuerpos dispersados por doquier, mutilados, destrozados, mientras en algún rincón, no lejos de allí, algún perro sobreviviente, malherido gemía en soledad.

Sin poder pronunciar palabra alguna, Hamza y Karima que lo habían visto todo desde su escondite en lo alto de la colina se acercaron un tiempo después, examinaban sin poder comprender las razones, los cuerpos de adultos y niños dispersados por doquier.

A este le faltaba la cabeza, a éste otra una bomba le arrancó las extremidades inferiores, allá, aquella madre, bajo su cuerpo sin vida trataba de proteger vanamente aquellos tres cadáveres de infantes y aquel cuadro también horrendo de aquella niña, prima de ellos, con las vísceras reventadas, al descubierto.

Mas allá, en aquella esquina de la aldea, quién sabe como, los novios tendidos, él que con su cuerpo en un postrer momento tratando de salvar la vida de su amada, logró arrastrarse hacia ella, para luego morir sobre su pecho, ella, con la mirada hacia el cielo, ambos yacían sin vida.

Nadie sobrevivió a aquel certero y mortífero ataque, todo era muerte y desolación. La vida arrancada de tajo en aquella humilde comunidad tan lejana é inaccesible a la civilización, ahora por razones ignotas, absurdas destruida, aniquilada, devastada.

Y entre los escombros buscaban afanosamente los restos de sus padres, ella contempló con estupor a su madre, cara al suelo y los ojos desorbitados, bajo su regazo, dos infantes, uno aún en la edad de lactancia, el otro apenas superaba los tres años, la madre en su espalda mostraba una enorme perforación y no muy lejos, sus otros hermanos al lado del padre.

Tres días después, un grupo de la resistencia encabezada por un anciano, de sandalias y su arma al hombro encontraba a aquellos niños extenuados, aún bajo estado de somnolencia, derrotados, sin fuerza, la mirada sin mirar, las manos ensangrentadas de tanto cavar aquellas interminables tumbas vacías aún, bajo el sol candente y aquel pestilente olor de la carroña.

Sin menguar palabra alguna les ayudaron entonces a enterrar a todos los muertos, luego de colocar los cuerpos en las fosas, a falta de féretros en sentido perpendicular a la Quibla, aquel anciano se situó a la cabeza de los varones y detrás de la parte del medio cuerpo en las mujeres, mientras, los presentes de pie, a sus espaldas, preparados todos para realizar aquella improvisada Salat ul Yanasa.

Luego de la última plegaria, sumidos todos por un eterno silencio, el anciano tomó del brazo a Karima, que había sido separada a prudente distancia mientras les invitaba a ambos seguirlos.

Se perdieron todos entonces entre la bruma de las arenas del desierto, sin rumbo fijo, la noche que pronto caería y el destino como guías.

Ya en aquella improvisada base de la resistencia, una anciana acicalaba el cabello de Karima, con gesto maternal le besaba las manos y la frente, ella entre sollozos, con la mirada perdida, temblorosa y asustada, abrigada en los brazos de la anciana logró apenas musitar:

“Cuando sea grande, seré una Moujahida, una combatiente de Alá”

De niños se convirtieron en adultos en un amanecer cualquiera cuando se perdió la inocencia, aún en la edad de la adolescencia ahora deambulando por días y noches enteras, a veces bajo el sol arrasador del desierto, otras en aquellas frías noches y otras más, tratando de protegerse de aquellas interminables tormentas de arena, durante dos años, nómadas sin tierra en la propia tierra, por las noches cobijados bajo las estrellas y siempre huyendo de los constantes enfrentamientos en aquel país ahora ocupado y con el espectro de una guerra civil.

Hamza, mientras tanto, se había vuelto todo un envidiable y bravo combatiente, ante al asombro de sus compañeros era todo un experto en la manipulación de aquella vieja Kalashnikov y en la preparación de bombas artesanales caza-bobos. Le llamaban “Tiro certero” por la precisión con la que alcanzaba con su arma sus objetivos.

En sus prácticas de tiro utilizaba siempre aquellos señuelos con la gorra de los Yanqui’s. De aquel mocete carismático no quedaba nada, ahora se notaba más frío, más taciturno, más calculador, desde aquella trágica tarde, nunca más volvió a sonreír.

Cierta tarde, los vigías pudieron observar una columna que a pie, debido a lo escabroso del terreno, se aproximaban peligrosamente a la aldea de la resistencia, luego de preparar una emboscada contra el enemigo, desde su escondite divisaron aquella patrulla de siete marines haciéndose guiar a varios metros en la vanguardia por cinco soldados del ejército regular iraquí, a quienes los extranjeros seguían a prudente distancia, ya los esperaban, cuando entraron a aquella hondonada, pequeño cañón formado entre aquellos interminables montículos de enormes rocas, primero dejaron pasar los efectivos iraquíes, luego los cercaron con un alud de piedras y ya aislados, empezaron el ataque contra los Marines, quienes, víctimas del efecto sorpresa del ataque, nerviosos, con sus armas apuntaban y disparaban hacia arriba, sin dirección, sin objetivo visible.

Entonces al grito de ¡Allaho akbar!, Dios es grande aquellas hordas enajenadas de odio y deseos de venganza empezaron aquella lluvia de balas por doquier, las ráfagas rebotaban en los chalecos antibalas de los soldados, que caían inexorablemente, cuando al fin eran alcanzados, el primero en caer fue aquel con la mochila al dorso y el radio-transmisor en la mano, el disparo de Hamza le alcanzó justo en la frente, cayó de bruces instantáneamente.

De uno en uno se fueron desplomando, mientras, escondidos entre las rocas, otro grupo se ocupaba de aquellos infortunados soldados iraquíes circunvalados por enormes piedras un poco más lejos.

Entonces descendieron de la colina, examinaron uno a uno los cuerpos expandidos de los Marines por doquier, aquel que presumiblemente lideraba aquella patrulla, aún con vida, desorientado, de rodillas imploraba el perdón.

- Please, don’t kill me! Please, forgive me!

Luego, cuando ya todos los combatientes lo rodeaban observándolo silenciosos, con sus armas apuntando hacia el suelo, postrado de rodillas, con sus ensangrentadas manos apenas pudo extraer de su chaqueta unas maltratadas fotos y se las mostraba a todos, ante sus ojos, en ella, una mujer y a su lado, dos niños de sexo diferente, de raza blanca, sonrientes.

Ante la mirada indiferente de aquel grupo, compuestos en su mayoría por adolescentes, de rodillas y entre sollozos suplicaba el perdón a su vida.

Luego entre llantos incontenibles suplicaba a todos y a cada uno le dejaran partir, prometía irse para siempre de esos lugares, implorando la misericordia, su familia, sus hijos le esperaban en casa.

Luego, uno de los presentes, inclinado le haló por el cabello, con fuerza, con violencia y tiró su rostro hacia el suyo, ante el asombro de los demás, empezó a preguntarle en inglés, el lenguaje de aquel infortunado:

- ¿Nos pides piedad por tu vida? ¿La tuviste tú y los tuyos cuando vinieron aquí, a nuestro país y bombardearon sin piedad nuestras casas, nuestros pueblos, nuestras aldeas y destrozaron nuestras familias?

¿La tuvieron ustedes con nuestra gente que jamás les han hecho daño ni a ustedes ni a nadie?

Vienen aquí, nos invaden, y sin razón comprensible nos declaran sus enemigos mortales y nos persiguen y ejecutan, nosotros no estamos invadiendo su país, no estamos asesinando sus mujeres, ni sus hijos, ni destrozando sus cosechas.

No les estamos condenando a calabozos para luego torturarlos y asesinarlos sin ninguna razón, como lo hacen ustedes con nuestra gente. No estamos violando sus mujeres, sus hijos, ni les robamos sus bienes.

Con un árabe casi incomprensible, aquel desgraciado les pedía, les imploraba el perdón a su vida ante la indiferencia de aquellos, entonces Hamza le apuntó con su rifle a la cabeza.

-¡Tipos como éste me causan repugnancia, miserable cobarde!- replicó.

Éste cerró los ojos, con un gesto se cubrió la cara rezando una última plegaria y como un último reflejo, como un postrer recurso, un acto de esperanza por salvar la vida, con reminiscencia se acordó entonces de algo infalible ante la fe de los musulmanes. Entonces, casi a gritos, gimiendo y llorando, de rodillas en su pobre árabe les gritó:

- ¡Me postro ante Alá y reclamo su protección!

Y cuando Hamza estaba por concluir con la vida de aquel extraño, sin que nadie lo esperara, de pronto surgió de la nada Karima, corriendo a su lado quien sigilosamente los había seguido en el combate, escondida para no hacerse notar:

- ¡No Hamza, no lo mates! Él viene de cobijarse bajo la protección de Alá.

Este primero le lanzó una mirada de reojo, reprimiéndola con la mirada su atrevimiento y su insensatez de encontrarse en aquel sitio, en aquellas circunstancias prohibidas para ella por su seguridad.

Entonces, aquel anciano que lideraba aquel grupo, en un acto de piedad, le apartó é hizo bajar la mira del fusil hacia el suelo, en otra dirección, con suavidad, mientras le miraba fijamente a los ojos.

- Tu hermana tiene razón, nosotros no somos como ellos, nosotros combatimos por nuestra libertad, no porque seamos criminales. Además, que Alá le perdone.

Luego se dirigió a aquel improvisado intérprete para decirle;

- Dile que Alá El Grande, nuestro Dios le perdona la vida, será protegido por nosotros y curado de sus heridas, cuando ya esté disponible, será liberado y que no vuelva nunca más por nuestras tierras y que esperamos que lleve este mensaje a su pueblo:

Déjennos tranquilos, déjennos vivir en paz, no somos sus enemigos, no queremos hacerles mal, pero no queremos que nadie, que ningún extranjero venga aquí a matar nuestros hijos, nuestras familias y que estamos dispuestos a todo, morir cien veces si es preciso para salvaguardar nuestra libertad y nuestra religión. ¡Alá es grande!

Durante meses anduvieron como nómadas, viajaban toda la noche, en el desierto que los guías conocían como la palma de su mano, de aldea en aldea, de provincia en provincia, a su paso se les unía otros, la mayoría hombres no llegados a la edad adulta, algunos abandonaban casa y familia para unirse a la cada vez más creciente resistencia.

Algunas mujeres desde los pórticos de sus casas les apoyaban con sus gritos guturales, haciendo la resonancia de la lengua con los labios, los comerciantes con su generoso aporte económico, con armas, con víveres, medicamentos o con lo que se pudiera ofrecer a aquellas hordas de valientes guerreros, libertadores de su patria.

Cierta mañana, al despuntar el horizonte, se pudo contemplar en lo alto de la montaña aquel helicóptero circunvalando la posición, Hamza corrió entonces a coger su lanza-misiles, subió hasta lo más alto, se acomodó el arma al hombro, su rodilla derecha al suelo, apuntó y después de una pausa, disparó.

El ataque fue certero y había durado apenas un momento, dispersados por doquier los restos de aquel sofisticado “Blackhawk”, entonces descendieron de la colina, Hamza encabezaba aquella comitiva, con su AK-47 en posición de tiro, se acercó y fue el primero en llegar a lo que quedaba de la coquilla de la aeronave.

Adentro en la carlinga pudo divisar esparcidos los cuerpos aún con vida de sus tripulantes, sobre el timonel, aún sangrando el piloto gemía, a su lado el encargado de las comunicaciones, y en la parte trasera, el carabinero recargado aún sobre su ametralladora y su asistente a su lado quien le proveía de municiones, tres más yacían apostados, agonizantes.

Entonces, con toda la paciencia del mundo, frívolamente, tomó su arma y apuntó sobre la cabeza del piloto, descargó y con la ayuda de su hermana, cargó de nuevo y continuó sin piedad sobre aquel cuerpo inerte, luego se dirigió al segundo y al otro, siempre con la misma operación, descargaba y cargaba de nuevo, inmisericorde, despiadado.

Cuando ya había agotado sus provisiones balísticas, cuando aún le quedaba el último por ajusticiar, se le acercó para examinarlo y comprobar su estado.

“Está muerto”- pensó, entonces se dispuso a marcharse, cuando ya se encontraba de espaldas, en dirección de su hermana, aquel moribundo soldado tomó su arma escondida en el cinto, como un último y postrer esfuerzo, apuntó y acertó repetitivamente a Hamza por la espalda, éste se desplomó de bruces, los impactos le hicieron girar por el suelo, tierra abajo, expulsando gruesas bocanadas de sangre por la boca, y se quedó allí tendido, con la mirada hacia el cielo.

Impulsada por el dolor a la tragedia y a la pérdida, Karima vio cuando se desplomó su hermano, lo tenía a tan corta distancia, corrió a su lado y se postró ante él, este la miró detenidamente y entre sus brazos logró apenas susurrarle;

- ¡Cuídate hermanita, que Alá te proteja!

Y expiró.

Durante un buen momento se quedó así, abrazada al cuerpo de su fenecido y adorado hermano, absorta en un mundo de reflexiones, sin poder llorar, sintiendo que el corazón se le salía de sus cavidades. Sus compañeros de la resistencia lograron apartarla al fin con grandes esfuerzos de aquel cuerpo fenecido de aquel bravo, de aquel héroe caído en combate.

Antes de partir, contempló el cuerpo de su hermano, inerte, sin vida, le tomó de nuevo entre sus brazos y le apretó contra su pecho, luego como era la costumbre en los musulmanes, con su hijab le cubrió los ojos, tomó la Kalashnikov, se la colocó en su hombro izquierdo, le besó por última vez en la frente, se llevó el Corán hacia la diestra de su pecho, miró de reojo por una última vez, sin lágrimas, sin gestos, sin ninguna expresión, fríamente, hacia Hamza, besó el Corán… y se marchó a continuar con el relevo é irrefutablemente, su cita con el destino.

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